Volver al blog

Tecnología

Veintidós años de Portinos: una curiosidad que nunca se apagó

Dos fotos grupales del equipo de Portinos con camisetas y banderas de Argentina, unidas por el logo de Portinos
9/10/26
Foto de Epifanio Blanco, autor del artículo
Publicado por
Epifanio Blanco

El 4 de octubre de 2004 comenzábamos a publicar en el blog de Portinos. Por entonces, los blogs empezaban a transformar la conversación digital, las redes sociales apenas asomaban y, para la mayoría de las personas, la inteligencia artificial pertenecía todavía al territorio de la ciencia ficción.

Veintidós años después, mientras la tecnología vuelve a redefinir el modo en que vivimos, trabajamos y nos comunicamos, me encuentro revisando recuerdos dispersos que creía olvidados. Y descubro que detrás de Portinos hay una historia mucho más larga que la del propio blog.

Mi primer encuentro con el futuro ocurrió varias décadas antes.

En 1961, cuando era estudiante secundario en Banfield, nuestra profesora de Matemática, Susana Fernández, llevó al curso a conocer a Clementina, la primera computadora científica instalada en la Universidad de Buenos Aires. Recuerdo una máquina inmensa que ocupaba una sala completa de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, en Núñez. Funcionaba en un ambiente refrigerado, y sus resultados surgían en cintas perforadas que parecían pertenecer a un mundo desconocido.

Nos explicaban que funcionaba con miles de válvulas electrónicas y que por eso necesitaba semejante instalación. Para un adolescente de aquella época, aquello no era solamente una máquina. Era una ventana abierta hacia algo difícil de comprender, pero imposible de ignorar.

Con el paso de los años, ese recuerdo quedó guardado en algún rincón de la memoria.

‍

Hasta que volvió a aparecer bajo otra forma.

Hacia 1984, cuando ya era redactor del vespertino La Razón, vi un aviso a toda página que publicitaba una computadora personal. No estoy seguro de la marca ni de la fecha exacta, pero sí entendí que comenzaba una nueva etapa: la de la PC, la Personal Computer. Mi memoria borró esos detalles, aunque conservé uno: averigüé entonces su precio: rondaba los cinco mil dólares. Una fortuna inalcanzable para un simple periodista.

Hoy entiendo que no me impresionó la computadora. Me impresionó lo que anunciaba.

Por primera vez advertí que la informática dejaba de pertenecer exclusivamente a universidades, laboratorios y grandes centros de cómputo para convertirse en una herramienta al alcance de empresas, organizaciones y personas.

En 1988, año de nacimiento de Valeria, mi Vale, ingresé a la redacción de El Cronista, diario que acababa de comprar Eduardo Eurnekian. Allí las computadoras comenzaron a ocupar un lugar en los escritorios y en la forma de trabajar. Era un avance de años luz para escribir, procesar y enviar las notas a corrección y más tarde al taller. Ya no más cuartillas. Dígitos viajando.

Me había iniciado como reportero en la agencia norteamericana United Press International, en una oficina sobre la avenida Belgrano, casi en el Bajo, donde los teletipos repicaban sin descanso y traían noticias de campanillas. También esas máquinas entregaban sus resultados, léase noticias, en cintas perforadas que en las redacciones de diarios, radios y canales de televisión se convertían en texto sobre las rudimentarias pantallas de aquellos años.

Computadora retro conectada a una tablet con el sitio de Portinos, rodeada de íconos de redes sociales en una línea de tiempo

Era una señal.

Con el tiempo aprendí que las transformaciones históricas suelen anunciarse mediante señales discretas.

La visita a Clementina fue una señal. Aquella publicidad fue otra. Las primeras conversaciones periodísticas sobre informática fueron otras más.

Junto a colegas curiosos y visionarios como Enrique Monzón, Amílcar Romero, Marcelo Cantón, Natalio Borovich, Ariel Torres, Roberto Carozzo y otros emprendedores, empezamos a prestar atención a un fenómeno que todavía ocupaba un lugar marginal en las redacciones.

Mientras otros cubrían la actualidad política, policial o económica, nosotros intentábamos comprender qué cambios traerían aquellas tecnologías emergentes.

No era sencillo.
La noticia no estaba en las máquinas.
La noticia estaba en las consecuencias.
Y las consecuencias tardan años en hacerse visibles.

Mirando hacia atrás, comprendo que buena parte de mi vida profesional consistió en intentar describir el futuro mientras ocurría.

Cuando nació Portinos, en 2004, Internet ya había empezado a modificar profundamente la circulación de la información. Sin embargo, pocos imaginábamos la magnitud de lo que vendría. Llegaron las redes sociales. Llegó la movilidad. Llegó la computación en la nube. Llegaron las plataformas digitales. Y llegó la inteligencia artificial.

‍

Cada etapa parecía definitiva hasta que aparecía la siguiente.

Pero hubo otra transformación igualmente importante. Durante estas dos décadas, la Argentina consolidó un valioso ecosistema de desarrolladores, diseñadores, comunicadores, investigadores, emprendedores y empresas vinculadas a la Economía del Conocimiento.

Las ideas comenzaron a convertirse en servicios. El talento, en exportaciones. La creatividad encontró nuevas formas de generar valor. La industria del conocimiento dejó de ser una promesa para convertirse en uno de los sectores más dinámicos del país.

Portinos creció dentro de ese ecosistema. Nació como un blog dedicado a observar la transformación digital y terminó convertido en una agencia que ayuda a empresas, organizaciones y emprendedores a diseñar, programar, comunicar y crecer en entornos digitales.

Fuimos observadores primero. Participantes después. Y seguimos siendo aprendices, porque la tecnología tiene una característica extraordinaria: nunca deja de obligarnos a aprender.

Con los años descubrimos también que el propio nombre Portinos encerraba más significados de los que habíamos imaginado al principio.

Podía leerse como “Por Ti Nosotros”, una sencilla expresión de vocación de servicio.

Pero también evocaba algo que terminaría por definirnos: los puertos. Valeria y yo llegamos desde Buenos Aires; Blanca Baracco y Erika Szocs, desde Rosario; Nicolás Rasmunsen, desde Bahía Blanca. Distintos puertos, distintas miradas, distintas trayectorias.

Con el tiempo comprendimos que Portinos se parecía más a un puerto que a una empresa. Un puerto es un lugar de llegada y de partida. Un sitio donde confluyen historias diferentes. Un refugio temporal para los proyectos que comienzan. Un espacio donde las ideas pueden arribar, transformarse y volver a zarpar hacia nuevos destinos.

Quizás sea esa la metáfora que mejor describe lo que fuimos construyendo. Porque detrás de la tecnología siempre estuvieron las personas.

‍

Hoy somos cuarenta y dos.

Cuarenta y dos profesionales que ayudaron a construir cada etapa de este recorrido y enriquecieron a Portinos con talento, sensibilidad y compromiso. Algunos llegaron cuando Portinos era apenas una idea en desarrollo; otros se sumaron con el camino ya en marcha. Todos dejaron su huella.

Y hay además una medida del tiempo que ninguna estadística empresarial puede reflejar. Durante esta travesía nacieron hijos e hijas de integrantes del equipo. Otros están por llegar.

Mientras desarrollábamos sitios web, campañas, contenidos y estrategias digitales, también transcurrían vidas enteras. Hubo alegrías compartidas, aprendizajes, desafíos, nuevas familias, nuevas generaciones.

Quizás allí resida el verdadero significado de una organización que logra perdurar: no solo acompañar la evolución de la tecnología, sino también la de las personas.

Hoy, cuando miro hacia atrás, noto algo curioso: la memoria me hizo perder fechas, nombres de equipos y detalles técnicos. Pero conservó intacto lo verdaderamente importante: la curiosidad, la capacidad de asombro y la convicción de que cada generación recibe la oportunidad de asomarse a un futuro que todavía no comprende del todo.

Hace más de seis décadas vi una computadora que ocupaba una sala entera. Hace veintidós años abrimos un blog para conversar sobre el mundo digital. Hoy convivimos con inteligencias artificiales capaces de responder preguntas, colaborar en nuestro trabajo y ampliar nuestras posibilidades.

Entre un momento y otro cambiaron las máquinas, las redes, las herramientas y los lenguajes. Lo que no cambió fue el deseo de comprender hacia dónde vamos.

‍

Y quizás esa haya sido, desde el principio, la verdadera historia de Portinos. No la historia de un blog. No la historia de una agencia. Sino la de una curiosidad que nunca se apagó. Y la de un puerto al que, después de tantos años, seguimos llegando para volver a partir.

¡Hablemos sobre tu proyecto!

Cuéntanos sobre el proyecto

*Campos requeridos

Al aceptar, reconocés que Portinos puede recopilar, usar y proteger tu información personal según lo establecido en nuestra Política de privacidad.

¡Gracias!
Recibimos tu mensaje y pronto nos pondremos en contacto.
Hubo un error al enviar el formulario. Intenta nuevamente.